20 de diciembre de 2011

Celebren la paz en las fiestas de fin de año




A menudo escucho decir a la gente que se siente abrumada por la pobreza y la violencia de la vida moderna.

Efectivamente, vivimos tiempos difíciles y desafiantes. Pero eso no significa que no podamos hacer una diferencia. Podemos.

Aquí tienen tres sugerencias para ayudarlos a celebrar la paz en las fiestas de fin de año:

Primero, no consuman. Tomen el dinero que planean gastar en adquirir más cosas que no necesitan y den el dinero a alguien o a alguna familia que necesite ayuda en estos muy difíciles momentos. O usen el dinero para proveer de comida vegana o de mantas hechas sin lana a los manifestantes del movimiento Occupy local.

Segundo, si no son veganos, háganse veganos y dejen de comer, usar o consumir productos animales. No hay ninguna justificación para ello. Y usen una parte de cada día comprometidos en la educación vegana creativa y no violenta. Los esfuerzos educaciones pueden tener muchas formas diferentes.

Tercero, adopten a un animal sin hogar. Hay tantos que necesitan de ustedes. Si no tienen el espacio o los recursos para un perro o un gato, adopten un hámster, un conejo o un pez. Algún refugiado no humano por ahí se ajustará a sus vidas. Y si adoptan uno, o más, ustedes no sólo salvaran la vida de otro individuo, sino que enriquecerán su propia vida inmensamente.



22 de noviembre de 2011

Matando animales y haciéndoles sufrir






La base del movimiento del Bienestar Animal, que va desde su inicio en el siglo XIX hasta el presente, es que el uso de los animales es en sí mismo aceptable porque los animales no tienen interés en continuar viviendo. De acuerdo a los bienestaristas, los animales no humanos no son conscientes de sí mismos ni tienen una cognición sofisticada como la que tienen los humanos. De acuerdo con Peter Singer:
"Aunque la auto-consciencia, la capacidad de pensar más allá del presente y tener esperanzas y aspiraciones para el futuro, la capacidad para entablar relaciones significativas, etc., no son relevantes para la cuestión de infligir dolor… esas capacidades son relevantes para la cuestión de tomar la vida. No es arbitrario sostener que la vida de un ser autoconsciente, capaz de pensamiento abstracto, de planificar el futuro, de actos complejos de comunicación, etc, es más valiosa que la vida de un ser sin estas capacidades."
Los bienestaristas distinguen entre matar, lo que en sí mismo no es moralmente objetable, y la imposición de sufrimiento “innecesario”, lo que sí es moralmente objetable. Si les damos a los animales una vida razonablemente agradable y una muerte relativamente sin dolor, entonces nuestra explotación de los animales puede ser moralmente aceptable. De nuevo, de acuerdo con Singer:
"Si infligir sufrimiento es lo que nos preocupa, más que la matanza, entonces puedo también imaginar un mundo en el que la gente, en su mayor parte, coma alimentos vegetales, pero ocasionalmente se den el lujo de huevos provenientes de gallinas criadas sin jaulas, o posiblemente incluso de carne de animales que viven buenas vidas bajo lals condiciones naturales para su especie y que son luego matados humanitariamente en la granja."

Es el tipo de pensamiento que ha dado ímpulso al movimiento de la carne/productos animales “felices” promovido por Singer y, de hecho, por casi todas las grandes organizaciones animalistas de EE.UU. y Europa. Usar animales no es el problema; el problema es el sufrimiento animal. Si disminuimos el sufrimiento a través de reformas bienestaristas, entonces hacemos la explotación animal moralmente menos objetable. El público puede continuar consumiendo animales y sentirse bien acerca de ser “compasivo.”

No deberíamos sorprendernos de que más y más personas se sientan cómodas respecto de consumir productos animales. Después de todo, los “expertos” les aseguran que el sufrimiento está siendo disminuido y que pueden comprar carne “feliz”, huevos “provenientes de gallinas sin jaulas”, etc. Estos productos incluso vienen con etiquetas aprobadas por las organizaciones animalistas. El movimiento por el bienestar animal está, de hecho, alentando el consumo “compasivo” de productos animales.

Las reformas de bienestar animal hacen muy poco para incrementar la protección dada a los intereses de los animales debido a la economía involucrada: los animales son propiedad. Son cosas que no tienen valor intrínseco o moral. Esto significa que las normas de bienestar, sea para los animales usados como comida, en experimentos o para cualquier otro propósito, serán pobres y ligadas al nivel de bienestar necesario para explotar al animal de manera económicamente eficiente para un propósito determinado. En pocas palabras, generalmente nosotros protegemos los intereses de los animales sólo si obtenemos un beneficio económico al hacerlo. El concepto de sufrimiento “innecesario” se entiende como ese nivel de sufrimiento que frustrará el uso particular. Y eso puede ser muchísimo sufrimiento.

Pero la posición bienestarista de que es el sufrimiento de los animales y no su matanza en sí lo que importa para el cuestionamiento moral, da por sentado una cuestión importante: asume que, por el hecho de que las mentes de los animales son diferentes de las humanas, los animales, a diferencia de los humanos, no tienen el tipo de autoconsciencia que pueda dar lugar a tener un interés en continuar viviendo. La posición bienestarista necesariamente asume que la vida animal tiene un valor moral menor que la vida humana. Y los bienestaristas explícitamente concuerdan con esto, tal como queda claro en mi libro, "The Animal Rights Debate: Abolition or Regulation?"

El foco principal de mi trabajo ha sido desafiar esa asunción bienestarista y argumentar que la única posición no especista a tomar es que cualquier ser sintiente (cualquier ser que es perceptualmente consciente y tiene estados subjetivos de consciencia) tiene interés en continuar viviendo. Cualquier otro punto de vista otorga una preferencia arbitraria a la cognición humana. Es especista afirmar que la vida animal tiene un valor menor que la vida humana. Esto no significa necesariamente que debemos tratar a los no humanos del modo en que tratamos a los humanos para todos los propósitos. Significa, sin embargo, que para el propósito de ser tratado exclusivamente como un recurso para otros, todos los seres sintientes son iguales y no podemos justificar el tratar a ningún ser sintiente como un recurso.

Si los animales tienen interés en continuar viviendo, como afirmo que tienen simplemente en virtud de ser sintientes, y si ese interés importa moralmente, lo que argumento que debe importar, entonces hay sólo una conclusión posible: cualquier uso (por más que sea “humanitario”) es injusto.

Si no son veganos, por favor consideren hacerse veganos. Es fácil ser vegano; es mejor para su salud y para el planeta; y, lo más importante, es lo moralmente correcto para hacer.

Y por favor recuerden: las reformas bienestaristas hacen poco, si es que hacen algo, para reducir el sufrimiento animal. Pero, en todo caso, el punto importante es que el veganismo no es una cuestión de reducir el sufrimiento; es una cuestión de justicia moral fundamental. Es lo que les debemos a aquéllos que, como nosotros, valoran sus vidas y quieren seguir viviendo.

2 de octubre de 2011

¿Tienen fe (en el bienestar animal)?






Rechazo la reforma de bienestar animal y también las campañas de un solo tema no sólo porque no concuerdan con los reclamos de justicia que debemos hacer si realmente creemos que la explotación animal está mal, sino porque estos abordajes, en la práctica, no pueden funcionar. Los animales son propiedad y cuesta dinero proteger sus intereses; por lo tanto, el nivel de protección acordado a los intereses de los animales siempre será bajo, y los animales, en el mejor de los casos, seguirán siendo tratados de maneras que constituirían una tortura si se tratara de humanos.

Al aprobar las reformas de bienestar animal − que supuestamente hacen la explotación más “compasiva” −, o las campañas de un solo tema −que falsamente sugieren que hay una distinción moral coherente entre la carne y los lácteos o entre las pieles y la lana o entre el bistec y el paté de foie−, traicionamos el principio de justicia que dice que todos los seres sintientes son iguales para el fin de no ser usados exclusivamente como recursos humanos. Y, desde un punto de vista práctico, no hacemos nada más que conseguir que la gente se sienta mejor respecto de la explotación animal.

Sostengo que aquéllos que creen que los animales son miembros de la comunidad moral deberían, en cambio, dejar en claro que el veganismo, definido como no comer, vestir o usar animales, es la base innegociable e inequívoca, y deberían poner su trabajo y sus recursos en la educación vegana de base, que puede tomar un gran número de formas creativas, pero que nunca deberían involucrar violencia.

Aquellos que son críticos de mi punto de vista sostienen que mi posición respecto a la necesidad de una defensa vegana creativa y no violenta requiere algún tipo de fe en que tal enfoque funcionará.

Esta crítica me parece irónica, en el sentido de que parecería que si alguna posición requiere fe − definida como una creencia que se mantiene a pesar de toda evidencia empírica existente −, es la de que la reforma bienestarista y las campañas de un solo tema conducirán a alguna parte excepto a más explotación animal.

Bienestar animal: ¿por qué?

¿Porqué alguien cree que la reforma bienestarista conducirá a la abolición? Si observamos la historia de la reforma bienestarista, vemos que la mayoría de las reformas son mínimas, la mayoría ni siquiera se cumplen, y la mayoría, de hecho, incrementan la eficiencia productiva y proveen beneficios económicos a los productores. Hemos tenido el paradigma del bienestar animal desde hace 200 años y estamos explotando ahora más animales de maneras más horrorosas que en cualquier otro momento de la historia humana.

¿Por qué alguien cree que promover la explotación “feliz” está llevando a la abolición de la explotación? Usen su sentido común. La explotación “feliz” no conducirá a ningún lado excepto a que el público se sienta mejor respecto de formas concretas de explotación animal. Si así no fuera, las industrias de explotación animal, en asociación con las grandes corporaciones de bienestar animal, no invertirían todos los recursos que invierten en las campañas de explotación “feliz” y etiquetas.

¿Porqué alguien cree que, si se continúa reforzando y fortaleciendo el paradigma que trata a los animales como propiedad, vamos a abolir eventualmente la explotación animal?

¿Por qué alguien cree que las campañas de un solo tema conducirán a la abolición de la explotación? Simplemente denle un vistazo a las campañas de un solo tema de larga data, tales como las campañas anti-pieles. Esa campaña ha estado haciéndose por décadas y la industria de las pieles es más fuerte que lo que nunca ha sido. ¿Por qué? Porque no hay base de principios que pueda servir para distinguir las pieles de la lana o el cuero, o para distinguir el vestirse con animales de comerlos. Mientras que las personas no entiendan y acepten el principio moral general, fracasarán en ver el problema de los usos específicos. Y no hay ninguna respuesta para dar, como muchos defensores hacen, de que las pieles representan un uso gratuito de animales. De igual forma lo es comer animales. Comemos animales porque tienen buen sabor. Y el placer del paladar no es una mejor justificación que la moda.

Como escribí en otra nota del blog, los que apoyan la reforma bienestarista nunca tratan estas preguntas; ellos simplemente declaran que cualquier crítica es “divisiva” o que cualquier alternativa es “demasiado idealista.” En otras palabras, ellos no tienen nada que decir.

Veganismo como base moral: ¿por qué no?

Lo positivo de una defensa vegana creativa y no violenta es que desafía a las personas a aplicar un principio moral que la mayoría de las personas ya aceptan y afirman que consideran importante: que es moralmente erróneo infligir sufrimiento y muerte a los animales a menos que sea necesario, y que el placer, el entretenimiento y la conveniencia no puede ser suficiente para demostrar necesidad. Cuando las personas son confrontadas con el argumento de que criticar a Michael Vick por las peleas de perros no tiene sentido si nosotros estamos comiendo animales o productos animales, o con la similitud entre los animales que ellos aman y aquéllos que comen o visten, puede que no todos ellos se hagan veganos inmediatamente, pero al menos conseguimos que comiencen a pensar acerca del tema general del uso de los animales en términos morales. Y dado que el argumento resuena –y resonará para muchos− ellos empezarán a evaluar de un modo diferente las cuestiones de ética animal.

Si, como sostengo, no podemos justificar el uso, por más que sea “humanitario”, de los animales, entonces debemos ser claros al respecto. Debemos dejar en claro que no podemos justificar el comer, vestir o usar animales. Punto. Si aquéllos que están preocupados acerca del tema todavía no están dispuestos a dejar el uso de los animales y hacerse veganos, ellos pueden tomar cualquier paso gradual que quieran. Pero aquellos pasos graduales nunca deberían ser caracterizados como normativamente deseables si nosotros realmente creemos que el uso de los animales es injusto. Simplemente como nosotros nunca diríamos que el sexismo o el racismo “humanitario” o “feliz” es aceptable, nunca deberíamos caracterizar a la carne o a los lácteos como “humanitarios” o felices” o lo que sea como moralmente aceptable.

Finalmente, promover el veganismo como una base moral no es más una cuestión de “pureza” moral que el promover la justicia en los casos que concierne a seres humanos. Se nos dice que, aún si nos hacemos veganos, no podemos evitar el causarles daño a los no humanos. Eso es verdad. Vivir en el mundo y comprometerse en cualquier clase de acción necesariamente tiene consecuencias adversas para otros, humanos y no humanos por igual. Debemos intentar, por supuesto, causar la menor cantidad de daño que podamos a todos los seres sintientes. Pero el hecho de que no podamos evitar todo el daño no significa que no debamos al menos detener todo el daño intencional que infligimos en los no humanos sintientes, así como tampoco el que no podamos eliminar toda la violencia en el mundo significa que es moralmente aceptable para nosotros matar a otros humanos.

Si alguna vez vamos a abandonar el paradigma de la propiedad, necesitamos conseguir que la gente reconozca que el uso de los animales, aunque “humanitario,” no puede ser justificado moralmente. Confío en que la defensa vegana creativa y no violenta no sólo es consistente con la afirmación de justicia que conlleva, en mi opinión, la posición de los derechos animales, sino que es el mejor modo de alcanzar el objetivo de abandonar el paradigma de la propiedad e ir hacia la noción de los animales como personas morales.

Todos aquellos defensores de base que están comprometidos con una educación creativa y no violenta han informado que los resultados son sorprendentes; las personas reaccionan y reaccionan positivamente.

Y estoy seguro de que cualquier creencia de que la reforma de bienestar animal, las campañas de un solo tema, la explotación “feliz”, etc. nos llevará a otro lugar que no sea el de un mayor nivel de comodidad acerca de la explotación animal, requiere de una forma de fe particularmente ciega.

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Si no son veganos, por favor consideren hacerse veganos. Es fácil hacerlo; es mejor para su salud y para el planeta; y, lo más importante, es lo moralmente correcto para hacer.

Si son veganos, eduquen a todo aquel con quien entren en contacto respecto del veganismo, de una manera creativa y no violenta. Si realmente consideramos a los animales como miembros de la comunidad moral; si realmente creemos que no podemos justificar el sufrimiento y la muerte animal innecesarios, entonces no podemos justificar la muerte de miles de millones de animales basada en el placer del paladar.

Y por favor recuerden: el veganismo no es una cuestión de reducir el sufrimiento; es una cuestión de justicia moral fundamental. Es lo que le debemos a aquéllos que, como nosotros, valoran sus vidas y quieren seguir viviendo.


Un comentario acerca de la inteligencia parecida a la humana y el valor moral


Con frecuencia vemos noticias donde se informa que los científicos otra vez determinaron que los animales no humanos tienen ciertas características cognitivas que asociamos con la inteligencia humana. La implicación de esto es que, si los animales no humanos tienen una inteligencia parecida a la humana, entonces tienen un valor moral mayor. Cuanto “más inteligentes” son, en términos humanos, más moralmente valiosos son.

Este enfoque es problemático por varias razones:

Primero, no hay una relación lógica entre la posesión de inteligencia parecida a la humana y la moralidad de usar animales como recursos. La posesión de inteligencia parecida a la humana puede indicar que ciertos animales tienen intereses que otros animales pueden no tener. Los grandes simios no humanos, que ciertamente poseen inteligencia parecida a la humana en muchos aspectos, pueden tener intereses que los perros o los peces no tienen. Todos los seres sintientes tienen interés en no sufrir y en continuar viviendo y, necesariamente, estos intereses son frustrados al ser tratados como recursos humanos.

Proclamamos que la inteligencia humana es moralmente valiosa per se porque nosotros somos humanos. Si fuéramos aves, proclamaríamos que la habilidad para volar es moralmente valiosa per se. Si fuéramos peces, proclamaríamos que la habilidad de vivir bajo el agua es moralmente valiosa per se. Pero aparte de nuestras declaraciones, de obvio interés propio, no hay nada moralmente valioso per se acerca de la inteligencia humana.

Segundo, en la medida en que afirmamos que la inteligencia parecida a la humana es moralmente relevante, entonces necesariamente nos quedamos con la idea de que los humanos con mayor inteligencia son moralmente más valiosos que los humanos con menor inteligencia. Es verdad; no debemos tratar a todos los humanos de igual manera. Le pagamos mejor salario a un neurocirujano que a un conserje porque valoramos más las habildades del cirujano. Pero incluso asumiendo que esta diferente asignación de recursos es legítima, ¿podríamos decir que el conserje es menos valioso que el cirujano a los propósitos de decidir quién debería ser usado como donante forzado de órganos o como participante no dispuesto a un experimento doloroso? Por supuesto que no. Para el fin de ser usado exclusivamente como un recurso para otros, ambos son iguales.

Y, a menos que nosotros queramos ser especistas, debemos concluir que todos los seres sintientes —humanos o no humanos— son iguales para los fines de no ser tratados como recursos.

Tercero, el juego de “los inteligentes” es uno que los animales no humanos nunca pueden ganar. Se nos hizo saber durante décadas que los grandes simios no humanos tienen inteligencia parecida a la humana, lo cual no debería asombrarnos dada la similitud genética entre los humanos y los grandes simios no humanos. No es probable que algún otro animal no humano pueda alguna vez exhibir mayor grado de inteligencia parecida a la humana. Y, sin embargo, continuamos explotando a los grandes simios no humanos —y a muchos otros primates no humanos— en todo tipo de maneras.

El "juego de los inteligentes” es sólo eso: un juego. Es también otra razón para no acordar hoy significancia moral a los animales a favor de más investigación tonta y dañina para determinar si los demás animales pueden resolver rompecabezas matemáticos y realizar otras tareas que no tienen relevancia moral.

Ya sabemos todo lo que necesitamos saber para arribar a la conclusión de que no podemos justificar el comer o usar animales que, como nosotros, son sintientes. Ellos son perceptivamente conscientes. Ellos tienen intereses en no sufrir y en continuar viviendo.

No se necesita nada más.

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Si no son veganos, por favor consideren hacerse veganos. Es fácil hacerlo; es mejor para su salud y para el planeta; y, lo más importante, es lo moralmente correcto para hacer.

Si son veganos, eduquen a todo aquel con quien entren en contacto respecto del veganismo, de una manera creativa y no-violenta.




30 de abril de 2011

Entrevista para el documental “Soy vegano"


En marzo del 2009, Eric Prescott de la Boston Vegan Association se encontró conmigo y hablamos cerca de 2 horas. Eric editó con habilidad la entrevista en 20 minutos y ya está disponible.




NOTA: El término "commodities" significa "mercancías".

6 de abril de 2011

Lo que Michael Vick nos enseñó



Lo que sigue es una versión editada del texto de mi presentación en Hobart y William Smith Colleges, el 31 de marzo de 2011, como Conferencista Distinguido Foster P. Boswell en Filosofía del 2011.

LO QUE MICHAEL VICK NOS ENSEÑÓ


¿Recuerdan a Michael Vick?

¿Recuerdan toda la conmoción con el quarterback del Atlanta Falcons, Michael Vick, y su participación en un operativo con peleas de perros, en una propiedad que él tenía en Virginia?

Por supuesto que la recuerdan.

Mejor sería preguntar si hay alguien en el planeta que no recuerde este asunto, que fue cubierto por los medios sin cesar durante semanas, desde que apareció en 2007 y, nuevamente, cuando Vick salió de prisión en el 2009 y firmó con el equipo Philadelphia Eagles. Vick continúa estando en las noticias regularmente. En marzo de 2011, llegó a ser reconocido como un “héroe” por una organización de arte en Virginia, y hubo tal controversia acerca de la cuestión que Vick no asistió a la ceremonia. Las personas realmente estaban furiosas con Vick y muchas aún lo están. Hay fanáticos del fútbol americano que boicotean a los Eagles por causa de Vick.

¿Por qué?

La respuesta es simple: porque Vick hizo una barbaridad; hizo sufrir y morir a perros por ninguna buena razón. Vick puede haber disfrutado del “deporte” de las peleas de perros, pero eso simplemente no fue una razón suficientemente buena para lo que él hizo.

¿Por qué no?

De nuevo, la respuesta es simple. Aunque hay un enorme desacuerdo respecto de los temas morales, nadie está en desacuerdo con la noción de que es erróneo infligir sufrimiento o muerte innecesarios a un humano o a un animal. Necesitamos una buena razón para infligir sufrimiento o muerte a un humano o a un animal. Podemos estar en desacuerdo respecto de si existe necesidad en una situación dada y de lo que constituye una buena razón, pero todos concordaríamos en que el disfrute o el placer no pueden constituir necesidad o servir como una buena razón. Es parte de nuestra sabiduría moral convencional.

Consideren un ejemplo en el contexto humano. Si una persona dijo que cree que es moralmente erróneo infligir sufrimiento innecesario a los niños pero que pegar a los niños por placer es moralmente aceptable, estaríamos comprensiblemente confundidos. Si el disfrute puede bastar como una buena razón para pegar a los niños, entonces no hay ninguna mala razón para pegar a los niños. El principio de que está mal infligir sufrimiento innecesario en los niños no significaría nada.

El mismo análisis se aplicaría si habláramos de alguien que le pega a un perro en vez de pegar a un niño. Nadie discreparía en que pegar a un perro por placer es moralmente equivocado. Y esto es precisamente la razón por la que todos objetamos lo que hizo Michael Vick; él no tiene una buena razón para hacer lo que hizo.

Bien, todos somos Michael Vick

El problema es que comer animales, como cuestión de análisis moral, no es diferente de las peleas de perros.

Matamos y comemos más de 56 mil millones de animales por año en el mundo, sin contar a los peces. Nadie duda de que usar animales para comida conlleva sufrimiento; incluso bajo las mejores y más “humanitarias” circunstancias, conlleva sufrimiento y muerte. Así que apliquemos el análisis con el que todos concordábamos recién sin controversia: ¿tenemos una buena razón para este sufrimiento y muerte? ¿Hay algo que, de forma convincente, pueda ser considerado como una necesidad?

La respuesta breve es: no.

No necesitamos comer animales. Nadie sostiene que es fisiológicamente necesario comer productos animales. La prestigiosa American Dietetic Association reconoce que las dietas veganas, son saludables, nutricionalmente adecuadas, y pueden proveer beneficios a la salud en la prevención y tratamiento de ciertas enfermedades.

Los médicos de la corriente mayoritaria señalan, cada vez con más frecuencia, que los productos animales son perjudiciales para la salud humana. Pero tanto si ustedes concuerdan o no con ellos, ciertamente no hay ningún argumento que sostenga que los productos animales son necesarios para una óptima salud.

La FAO sostiene que la cría de animales para comida contribuye más a la emisión de gas de efecto invernadero en la atmósfera —lo cual está relacionado con el calentamiento global—, que la combustión de petróleo para el transporte. La cría de animales para comida es responsable de la contaminación del agua, la deforestación, la erosión del suelo, y toda una suerte de desgraciadas consecuencias medioambientales. De nuevo, ustedes pueden cuestionar todo esto, pero ni el más loco negador del calentamiento global diría que la cría de animales para comida está haciendo algo bueno para el medioambiente.

Así que, finalmente, ¿cuál es la mejor justificación que tenemos para imponer sufrimiento y muerte a 56 mil millones de animales por año para comida?

La respuesta: ellos tienen buen sabor. Disfrutamos el sabor del cuerpo y de los productos animales. Encontramos que comer alimentos animales es conveniente. No hay nada en esto que se asemeje remotamente a la necesidad.

¿En qué es esto diferente de Michael Vick?

La respuesta: no es diferente. A Vick le gustaba sentarse alrededor del reñidero a ver pelearse a los animales. Al resto de nosotros nos gusta sentarnos alrededor de la parrilla donde se asan los cuerpos de animales que han sido tratados tan mal, sino peor, que los perros de Vick.

En el 2009, cuando Vick firmó con los Eagles, alguien me dijo que, aunque era un gran fanático de los Eagles y continuaría asistiendo a sus partidos, él ya nunca podría disfrutar mirando jugar a Vick debido al tema de las peleas de perros. Le pregunté si comía salchichas y hamburguesas cuando asistía a los partidos de fútbol. Me contestó que sí. Le señalé que los animales usados para hacer los productos que él disfrutaba tenían vidas y muertes tan malas como las de los perros de Vick.

Él no tuvo una respuesta porque realmente no hay nada que decir.

No funciona afirmar que Vick participó directamente en peleas de perros y que nosotros simplemente compramos productos en los negocios; que disfrutamos el resultado del sufrimiento y muerte de los animales, pero que, a diferencia de Vick, no disfrutamos del proceso real del sufrimiento y la muerte. Como cualquier estudiante de primer año de derecho les dirá, si Mike tiene una aversión a la violencia pero quiere que Joe muera y contrata a Sally para que apriete el gatillo, Mike sigue siendo culpable de asesinato. El hecho de que paguemos a otros para imponer sufrimiento y muerte a los animales no nos saca del aprieto moral más que lo que lo haría del aprieto legal.

No funciona decir que comer animales es una tradición. Las peleas de perros son una tradición también. Y, por cierto, lo mismo es el sexismo, el racismo, y lo mismo respecto de cualquier otra forma de discriminación. La tradición, como el placer, es una razón inadecuada para imponer daño a cualquier otro.

Pero somos una sociedad “humanitaria”, ¿verdad?

Entonces, ¿qué es lo equivocado? ¿Por qué continuamos participando en la imposición de sufrimiento y muerte a miles de millones de animales cuando no tenemos una buena razón para hacerlo?

Una buena parte de la respuesta es que, debido a que queremos continuar consumiendo productos animales, nos engañamos a nosotros mismos al pensar que la solución al problema moral no requiere que dejemos de comer animales; que sólo requiere que los tratemos y matemos de una manera “humanitaria.”

Esta opinión data de unos 200 años atrás, cuando los reformadores sociales británicos, tales como el filósofo y abogado Jeremy Bentham, argumentaron que nuestras obligaciones morales para con los animales no dependían de si ellos eran racionales, de si podían hablar o tener otras características “especiales” que pudiéramos considerar como exclusivas de los humanos. Más bien, la única cosa que importaba era que los animales podían sufrir y que nadie –con la posible excepción de Descartes− dudaba de que los animales eran sintientes, o perceptualmente conscientes, y podían, verdaderamente, sufrir. Bentham argumentó que, debido a que los animales podían sufrir, teníamos una obligación directa hacia los animales de dar peso moral a ese sufrimiento.

Bentham no dudó en absoluto de que los animales que usamos para comida sufrían muchísimo. Sin embargo, él no abogó para que dejáramos de comer animales. ¿Por qué? Porque, de acuerdo con Bentham, los animales no son auto-conscientes; no les importa si los matamos y comemos o usamos para leche, huevos,.... A ellos simplemente les importa cómo los tratamos mientras están vivos, y cómo los matamos cuando llega el momento y de esta manera, no era necesario detener el uso de animales; sólo era necesario tratarlos razonablemente bien.


Y así nació el movimiento de bienestar animal, cuya premisa central es que es moralmente aceptable para nosotros el uso de los animales siempre y cuando los tratemos “humanitariamente” y no les impongamos un sufrimiento “innecesario.” Este sentimiento moral pronto encontró expresión en las leyes anti-crueldad a ambos lados del Atlántico y, eventualmente, en la mayor parte del mundo.


Y la mayoría de nosotros estamos enquistados en este paradigma decimonónico: reconocemos que nuestro uso de los animales suscita profundos problemas morales, pero nos confortamos con el pensamiento de que tratamos a los animales “humanitariamente,” así el uso que hacemos de ellos es moralmente aceptable.

Sin embargo, hay al menos dos serios problemas con este punto de vista.

Tratamiento “humanitario”: Torturando a los animales amablemente


El primer problema es que el enfoque del bienestar animal simplemente no funciona como una cuestión empírica. Dada la realidad económica, esto no puede funcionar.

Los animales son propiedad. Son considerados cosas. Y todo el sentido de ser una cosa reside en que las mismas no pueden tener valor inherente o intrínseco. Los animales son mercancías; tienen un valor de mercado. La propiedad sobre los animales es, por supuesto, diferente de otras cosas que poseemos en el sentido de que los animales, a diferencia de los autos, las computadoras, las máquinas u otras mercaderías, son seres sintientes y tienen intereses. Todos los seres sintientes tienen intereses en no sufrir dolor u otras privaciones y en satisfacer esos intereses, que son específicos para cada especie. Pero proteger los intereses de los animales cuesta dinero. En general, gastamos dinero para proteger los intereses de los animales sólo cuando está justificado hacerlo por una cuestión económica —sólo cuando se deriva un beneficio económico de hacerlo.

Consideren la Humane Slaughter Act [Ley de Matanza Humanitaria] de los EE.UU., promulgada originalmente en 1958, la cual requiere que los animales de gran tamaño matados para comida, sean aturdidos y no estén conscientes cuando son engrillados, alzados y tomados del suelo de matanza. Esta ley protege los intereses que tienen los animales al momento de la matanza, pero lo hace así, en gran medida, porque es económicamente beneficioso hacerlo. Los animales de tamaño grande que están conscientes y colgando hacia abajo, y que son destrozados mientras son matados, causarán heridas a los trabajadores de los mataderos, y acarrearán daños costosos a los cadáveres. Por lo tanto, aturdir a los animales grandes es económicamente muy comprensible. Estos animales tienen muchos otros intereses a lo largo de sus vidas, incluyendo el interés en evitar el dolor y el sufrimiento en muchos otros momentos además del momento de la matanza, pero estos intereses no son protegidos porque no es económicamente eficiente hacerlo.


Virtualmente, todas las leyes de bienestar animal encajan en este paradigma. Protegen intereses animales seleccionados y el efecto de proteger estos intereses es hacer que la producción sea más eficiente.


Las leyes anti-crueldad, supuestamente, exigen el tratamiento “humanitario”, pero estas leyes, generalmente, no eximen, explícitamente, lo que se considera como práctica “normal” o “acostumbrada” del uso institucionalizado de los animales o, si las prácticas no son eximidas, los tribunales interpretan como “necesarios” y “humanitarios.” al dolor y la muerte impuestos según esas prácticas. Esto es, la ley delega en la industria la determinación del cuidado “humanitario” estándar. Esta deferencia está basada en la asunción de que aquéllos que producen productos animales —desde los criadores a los granjeros hasta los trabajadores de los mataderos— no impondrán más daño a los animales que lo que exija producir un determinado producto, de la misma manera que un dueño racional de un auto no tomaría un martillo para abollar su auto sin razón alguna.


El resultado es que el nivel de protección para los intereses de los animales está ligado a lo que se requiere para explotar a los animales de un modo económicamente eficiente. Las normas de bienestar animal generalmente incrementan la eficiencia de la producción y no la disminuyen, dado que protegemos sólo esos intereses que producen beneficios económicos.


Las normas de bienestar animal, de hecho, han fracasado dramáticamente en las décadas recientes. Estamos usando hoy más animales y estamos tratándolos peor que en ninguna otra época. La idílica granja familiar —donde, por cierto, hay muchísimo dolor y sufrimiento— se ha desvanecido, y ha sido reemplazada por la cría intensiva –“granjas industriales”− donde las vacas, los cerdos, los pollos y los peces son mantenidos en condiciones de hacinamiento, sujetos a confinamiento y mutilaciones graves, y donde llevan generalmente vidas miserables desde el momento en que nacen hasta el que mueren.

Pero el movimiento de los “derechos animales”, en vez de focalizar en el simple hecho moral de que usar animales para comida es totalmente inconsistente con lo que decimos que creemos acerca de nuestras obligaciones morales hacia los animales, adoptó con entusiasmo la posición de Bentham de que a los animales no les importa que los usemos, sino que sólo les importa cómo los usemos y que la solución es simplemente hacer mejores normas de bienestar animal.


El filósofo australiano Peter Singer, autor de «Liberación Animal», considerado por muchos como el “padre del movimiento de los derechos animales”, es también el patriarca de otro movimiento: el movimiento de la carne y los productos animales “felices”. Singer, al igual que Bentham, sostiene que la mayoría de los animales no tienen interés en continuar viviendo, y que es moralmente aceptable matarlos siempre y cuando lo hagamos en un modo relativamente indoloro. Singer critica las granjas industriales y argumenta que deberíamos mejorar las normas de bienestar animal, de manera de criar animales de un modo razonablemente placentero y matarlos de una manera relativamente indolora.


Escritores populares como Jonathan Safran Foer, Michael Pollan y una interminable desfile de celebridades y medioambientalistas se unen a Singer condenando las granjas industriales y exigiendo jaulas más grandes, condiciones de “campo libre”, y lo que son, en el grandioso orden de las cosas, modificaciones mínimas de un proceso más horrible.


Las grandes organizaciones de bienestar animal promueven varias etiquetas de carne “feliz”, lo cual supuestamente garantiza que los animales cuyos cuerpos o productos tienen una etiqueta determinada, fueron tratados mejor. Estas organizaciones animalistas se asocian con los grandes explotadores institucionales de los animales, y hacen campaña para someter a votación iniciativas que requieren que en un determinado momento, en el futuro lejano, los animales consigan un poquito más de espacio en sus atestadas prisiones, o consigan algún otro supuesto beneficio de bienestar que, en muchos casos, resultará, de hecho, en un beneficio económico para sus productores.


Los animales más “humanitariamente” criados son tratados y matados en circunstancias que constituirían tortura si se tratara de humanos. Las regulaciones requeridas para conseguir certificaciones “felices” son insignificantes; son análogas a los requerimientos de almohadillas para la simulación de ahogo en Guantánamo, o paredes pintadas muy lindas o música agradable en una cámara de tortura. Hay poca diferencia entre las jaulas en batería convencionales y los huevos provenientes de “jaulas libres”, donde miles de aves son, de hecho, hacinadas en una gran jaula. Y las compañías que han sido certificadas por el uso de al menos una etiqueta “feliz”, ya han sido descubiertas por violar incluso estas mínimas normas de certificación.


Todo esta conversación acerca de los productos animales “felices” es acerca de nosotros; se trata de evitar que nosotros nos demos cuenta de que todos somos Michael Vick. Pero realmente no tiene nada que ver con los animales. Ellos continúan sufriendo horriblemente, independientemente de qué etiqueta “feliz” esté puesta encima de sus cuerpos o de los productos que hacemos con ellos. La afirmación de Singer y otros defensores de animales de que es moralmente aceptable consumir carne o huevos o leche “felices” es el equivalente moderno de vender indulgencias.


Ciertamente, es posible en teoría que todos podríamos estar dispuestos a pagar mucho más por los productos animales, y que las normas podrían mejorar de modos significativos. Pero eso es sólo teoría. Muy pocas personas podrían afrontar el precio de los productos animales que fueran producidos de un modo que proveyera significativamente más protección a los intereses de los animales, y cualquiera que se preocupara lo suficiente como para pagar ese costo significativamente más alto, se preocuparía probablemente lo suficiente como para no comer ningún producto animal en absoluto.


Más aún, dada la realidad económica y las reglas del “libre” comercio, incluso si las normas bienestaristas se alcanzaran significativamente en un lugar, la demanda por los productos de menor costo, de menor grado de bienestar animal, forzarían a los productores de normas de más alto grado de bienestar a salir del negocio, excepto, quizás, para servir a un muy pequeño y acomodado nicho de mercado. La realidad es que, dado que los animales son propiedad, las regulaciones bienestaristas necesariamente permanecerán muy abajo. Y dado que continuamos con nuestro uso institucional de los animales para comida, ellos deben permanecer como propiedad.


Comer gente con amnesia

El segundo problema con la posición del bienestar animal es que se apoya en la noción —que todos de inmediato reconoceríamos como completamente absurda si no estuviéramos tan comprometidos en continuar comiendo animales— de que a los animales no les importa sus vidas; de que ellos no tienen interés en seguir viviendo, sino que solamente tienen interés en no sufrir.

¿Por qué pensaría Bentham semejante tontería 200 años atrás? ¿Por qué Singer y tantos de nosotros piensan tal cosa ahora?

Parte de nuestra cultura convencional respecto de los animales es que ellos ocupan un “presente eterno,” que no tienen memoria del pasado o pensamientos acerca del futuro. Ellos no planean vacaciones o piensan acerca de ver una película este fin de semana o a cuál restaurante quieren ir a comer —o ser comidos— esta noche.

Algunos de nosotros que alguna vez hemos vivido con animales, seguramente reconocemos que esta posición está, de hecho, equivocada. Mi compañera y yo vivimos con cinco perros rescatados, y la noción de que ellos no son auto-conscientes ni tienen memoria y deseos futuros es tan absurda como la noción de que ellos no tienen colas. Todo lo que ustedes necesitan hacer es observarlos. Simplemente no hay modo de explicar su comportamiento sin atribuirles algún sentido de auto-consciencia.

Pero no nos atasquemos en el lío de tratar de determinar la naturaleza de la mente animal. Dado que nosotros somos los únicos animales que usamos la comunicación simbólica, probablemente nunca comprendamos realmente lo que es ser un murciélago o un pollo o una vaca o ningún otro animal. Asumamos que Bentham, Singer y cualquier otro está en lo cierto: los animales son perceptivamente conscientes y pueden sufrir pero viven en un “eterno presente.”

¿Y qué?

Hay humanos que tienen una forma de amnesia en la que tienen un sentido de sí mismos situado sólo en el presente. No tienen memoria y no piensan acerca del futuro. ¿Tal condición es moralmente relevante? Puede ser. Puede que no lo vayamos a querer como profesor de historia. Pero, ¿diríamos que tal persona no tiene ningún interés en continuar viviendo y que esa muerte no es un daño para esa persona? Sin duda que no.

Entonces, ¿por qué decimos eso respecto de los demás animales? La breve respuesta: porque queremos continuar comiendo cuerpos de animales y productos animales y no tenemos ningún interés en comer humanos con amnesia. Nos decimos a nosotros mismos que la muerte no es un daño y el truco es hacerlo todo “humanitariamente.” Pero no podemos hacerlo “humanitariamente” y, en cualquier caso, la muerte es un daño que no deberíamos imponer —sin importar cuán “humanitario” sea nuestro tratamiento y método de ejecución— si no tenemos una buena razón.

El placer no es una buena razón. Eso es por lo que nos disgustamos con Michael Vick. Y eso es por lo que es tiempo de ir más allá del “campo libre” y la propaganda de los productos animales, y ver que simplemente no podemos justificar el uso de animales para comida.

Por un lado, esta es una conclusión radical. Por otro lado, no es radical en absoluto; fluye de las ideas morales que ya hemos afirmado aceptar. Lo notable es que una especie que se enorgullece de su racionalidad ha permitido el deseo de comer animales, y que los alimentos animales nublen nuestro juicio hasta el punto donde podemos criticar —e incluso odiar— a Michael Vick, y no ver que él realmente no es diferente del resto de nosotros.

El asunto de Vick no responde, por supuesto, las preguntas acerca de la moralidad del uso de los animales cuando la razón para tal uso no es meramente placer, diversión o conveniencia. Pero lo único que entra en esa categoría es el uso de animales para experimentos diseñados para encontrar cura a enfermedades humanas graves. Aunque rechazo totalmente cualquier uso de animales en vivisección, este tema al menos presenta una fina cuestión más complicada. Pero nuestros otros usos de los animales, incluyendo el uso para comida, nuestro uso numéricamente más significativo, son todos, como el uso de los perros para peleas de Vick, obviamente frívolo.


30 de marzo de 2011

El uso "compasivo" es un sinsentido






Los derechos animales constituyen un asunto binario: ustedes explotan a los animales o se tornan veganos.

No hay una tercera opción.

No pueden explotar “compasivamente.” Simplemente los explotan. Su “compasión” tiene que ver con sentirse mejor respecto de continuar explotando animales. La explotación “compasiva” no tiene nada que ver con la obligación de justicia que debemos a los animales nohumanos.

La justicia requiere que nosotros dejemos de usar a los animales totalmente. La explotación “humanitaria” no es nada más que una fantasía. Todo el uso de animales involucra tortura. E incluso si no lo hace, e incluso si pudiéramos tratar a los animales que explotamos de manera “humanitaria”, no podemos justificar el uso y matanza de animales para el placer de nuestro paladar, nuestro sentido de la moda, entretenimiento, o cualquier otro propósito.

Pero no hay ningún error acerca de esto: la explotación animal “compasiva” es una tontería, tal como lo es la esclavitud “compasiva” o el genocidio “compasivo.”

Si no son veganos, háganse veganos; es mejor para su salud y para el planeta. Pero, lo más importante, es lo moralmente correcto para hacer. Nunca harán nada más fácil y satisfactorio en sus vidas. 

15 de marzo de 2011

Nada que ver con la ciencia





Una vez más, nos dicen que no hay realmente diferencia significativa o cualitativa entre plantas y animales. En un artículo titutlado "No Face but Plants Like Life Too", ["Sin rostro, pero las plantas también gustan de la vida"] Carol Kaesuk Yoon escribe que, aunque ella dejó de comer carne:
«Mi entrada en lo que parecía ser el plano moral superior fue sorprendentemente desagradable. Me sentí asediada no sólo por un deseo extrañamente intenso de pollo, sino también por pesadillas en las que estaba comiendo un magnífico y jugoso bistec –podía saborear perfectamente la deliciosa grasa −, de la que me despertaba presa del pánico, hasta que me daba cuenta de que había sido carnívora sólo en mi imaginación. 
Las tentaciones y las pruebas estaban por doquier. La más sorprendente resultó ser la comprensión de que no podía de hecho explicarme a mí misma o nadie más porqué matar un animal era algo peor que matar a las muchas plantas que yo ahora estaba comiendo.»
Ella descubrió que:
«Formular una razón verdaderamente racional para no comer animales, al menos mientras se consume toda clase de otros organismos, era difícil, tal vez incluso imposible.»
Ella dijo:
«A las plantas no parece importarles ser matadas, al menos hasta donde podemos observar. Pero tal vez sea ésa exactamente la dificultad. 
A diferencia de una vaca que corre mugiendo, las reacciones de las plantas a un ataque son para nosotros mucho más difíciles de detectar. Pero, de igual manera que un pollo corriendo por alrededor sin su cabeza, el cuerpo de una planta de maíz arrancada del suelo o rebanada en piezas lucha por salvarse a sí mismo, tan vigorosa y tan inútilmente como el pollo, si bien de forma mucho menos obvia para el oído y el ojo humano.»
Lo problemático de este artículo es que está en la sección de Ciencia del New York Times. Pero no hay ciencia aquí.

Primero, no hay ninguna duda de que las plantas están vivas y de que conducen todo tipo de complicados procesos. Pero hay una diferencia crucial entre las plantas y los animales.

La diferencia entre el animal y la planta implica la sintiencia. Eso es, los no humanos –o al menos aquéllos que explotamos rutinariamente−, son claramente conscientes de percepciones sensitivas. Lo seres sintientes tienen mentes; ellos tienen preferencias, deseos o necesidades. Esto no significa decir que las mentes de los animales son como las mentes de los humanos.

Por ejemplo, las mentes de los humanos, que usan el lenguaje simbólico para navegar por el mundo, pueden ser muy diferentes de las mentes de los murciélagos, que usan la ecolocación para navegar por los suyos. Es difícil saberlo. Pero es irrelevante; el humano y el murciélago, ambos, son sintientes. Ambos son esa clase de seres que tienen intereses; ambos tienen preferencias, deseos, o necesidades. El humano y el murciélago pueden pensar diferente respecto de esos intereses, pero no puede haber una duda seria de que ambos tienen intereses, incluyendo un interés de evitar el dolor y el sufrimiento y un interés en continuar existiendo.

Las plantas son cualitativamente diferentes de los humanos y de los no-humanos sintientes porque las plantas, por cierto, están vivas, pero no son sintientes. Las plantas no tienen intereses. No hay nada que una planta desee, o necesite, o prefiera porque no hay una mente ahí para involucrarse en esas actividades cognitivas. Cuando decimos que una planta “necesita” o “quiere” agua, no estamos haciendo una afirmación respecto al estado mental de la planta, así como tampoco la hacemos cuando decimos que el motor de un auto “necesita” o “quiere” aceite. Puede ser por mi propio interés que pongo aceite en mi auto. Pero no es por el interés de mi auto; mi auto no tiene ningún interés.

Una planta puede responder a la luz del sol y otros estímulos pero eso no significa que la planta sea sintiente. Si paso una corriente eléctrica a través de un alambre adjunto a una campana, la campana suena. Pero eso no significa que la campana sea sintiente. Las plantas no tienen sistemas nerviosos, receptores de benzodiacepina o cualquiera de las características que identificamos con la sintiencia. Y todo esto tiene base científica. ¿Porqué las plantas desarrollarían la capacidad de sentir cuando no pueden hacer nada en respuesta a un acto que las daña? Si arriman una llama de fuego a una planta, la planta no puede correr; permanece ahí donde está y arde. Si arriman una llama a un perro, el perro hace exactamente lo que ustedes harían –grita preso del dolor y tratar de escapar de la llama−. La sintiencia es una característica que evolucionó en ciertos seres para hacerlos capaces de sobrevivir escapando de los estímulos nocivos. La sintiencia no serviría a ningún propósito a una planta; las plantas no pueden “escapar.”

Incluso los jainistas, que consideran que las plantas tienen un sentido (el tacto) reconocen que plantas y animales (incluyendo los insectos) son cualitativamente diferentes y prohíben comer animales, pero no prohíben la ingesta de plantas.

Segundo, si Ms. Yoon estuviera realmente preocupada respecto de la explotación de las plantas, entonces ella debería reconocer que al comer productos animales, de hecho está consumiendo más plantas que las que consumiría si estuviera comiendo plantas directamente. Se necesitan muchos kilos de plantas para producir un kilo de carne. Entonces, cuando Ms. Yoon se sienta a comer ese “magnífico y jugoso bistec,” está consumiendo cerca de 5 kilos y medio de plantas.

Por lo tanto, si las plantas importan moralmente y Ms.Yoon se preocupa por la moral, entonces, a menos que vaya a ayunar hasta morir, está moralmente obligada a comer plantas porque comerá menos plantas si consume plantas directamente, y evitará el sufrimiento y muerte de los mamíferos, aves o peces, que son todos claramente sintientes en el modo en que los humanos son sintientes (a pesar de cualquier diferencia cognitiva entre humanos y otros animales).

Ms. Yoon argumenta que podemos dudar de que a algunos animales, tales como las esponjas, carezcan de sensibilidad. Aunque es verdad que siempre hay áreas grises, estoy seguro de que Ms. Yoon no come muchas esponjas. Los animales que rutinariamente consumimos –vacas, pollos, cerdos, peces− todos son, sin ningún cuestionamiento, sintientes.

Entonces, ¿de qué trata este ensayo al final de cuentas?

La respuesta está en el último párrafo, que comienza:
«Mis esfuerzos por renunciar a la carne no duraron más de un par de años.»
Ms. Yoon no quería seguir siendo vegetariana. Ella estaba echando de menos aquel “magnífico y jugoso bistec.” Tenía que decirse a sí misma que no hay realmente ninguna diferencia entre plantas y animales, así que es todo lo mismo, y entonces ella puede comer el bistec con el que estaba soñando. Pero realmente esto no tiene nada que ver con la ciencia.

No hay nada mejor para suscitar una repentina y ferviente preocupación por las plantas que una propuesta a alguien de no comer productos animales o el deseo de retornar a comerlos. Nada.

*****

Si no son veganos, háganse veganos. Es fácil, es mejor para su salud y para el planeta. Pero, lo más importante, es lo moralmente correcto para hacer.

Porqué el veganismo debe ser la base




Imaginen que están hablando con un grupo de personas que son fanáticas de los automóviles clásicos y que conducen sólo por el placer de conducir y no por ningún propósito en particular. De hecho, estas personas creen que manejar automóviles clásicos por placer es una tradición importante, una parte crucial de su cultura y, cada día, ellos entran en sus automóviles y los conducen sólo porque lo disfrutan muchísimo y lo consideran como parte integral de lo que ellos son.

Si fueran a tratar de argumentar, a este grupo de personas, que es moralmente incorrecto el uso de sus autos para manejar rumbo al consultorio del médico para un chequeo médico o análisis, o llevar al miembro herido de una familia a la sala de emergencias, ellos en su mayoría ciertamente pensarían que la postura de ustedes no tiene ningún sentido. Después de todo, ellos piensan que es aceptable manejar simplemente por placer. Verdaderamente, manejar por placer es un aspecto importante de sus vidas. ¿Por qué aceptarían que manejar por una razón importante es algo malo cuando ellos piensan que manejar sólo por el placer de manejar es algo bueno?

Imaginen una segunda posibilidad. En vez de tratar de persuadir a este grupo de personas de que manejar por una razón médica importante está mal, ustedes sostienen que manejar por placer hacia un destino determinado, que no es diferente de cualquier otro destino, está mal. De nuevo, este grupo de conductores por placer encontrarían que la postura de ustedes es bizarra, porque es completamente arbitraria. ¿Porqué manejar por placer hacia un lugar es diferente de manejar hacia otro lugar? Y si ellos aceptaran que manejar hacia algún lugar elegido arbitrariamente está mal, eso dejaría abierta la cuestión de si manejar por placer en general está mal. Su preciada actividad estaría amenazada.

Esta simple hipótesis nos ayudará a entender las razones morales, lógicas y psicológicas de porqué el veganismo debe ser la base del movimiento de los derechos animales y porqué las campañas de un solo tema no tienen ningún sentido.

Comer animales: sufrimiento y muerte por el placer del paladar

La mayoría de las personas comen cuerpos de animales y sus productos. Ninguno sostiene que tenemos necesidad de comer estos productos para una salud óptima; al contrario, la corriente médica dominante argumenta, cada vez más, que los productos animales van en detrimento de la salud humana. Pero, tanto si la comida con animales va en detrimento o no, ciertamente no es necesaria. Incluso la conservadora American Dietetic Association lo reconoce:
«La posición de la American Dietetic Association es que las dietas vegetarianas apropiadamente planificadas, incluyendo las dietas veganas, son sanas, nutricionalmente adecuadas y pueden proveer beneficios a la salud en la prevención y tratamiento de ciertas enfermedades. Las dietas vegetarianas bien planificadas son apropiadas para los individuos durante todas las etapas de la vida, incluyendo el embarazo, la lactancia, la primera infancia, la niñez y la adolescencia, y para los atletas.»
Y sabemos que la cría de animales para comida es un desastre ecológico.

La única justificación que tenemos para infligir un terrible sufrimiento —bajo las condiciones más “humanitarias”— y la muerte a 56 mil millones de animales terrestres y a un número desconocido, pero probablemente de igual forma escalofriante, de peces y otros animales acuáticos, es que nos gusta su sabor. Estamos involucrados en esta matanza impresionante por razones de placer, entretenimiento y conveniencia. Consumir animales por ninguna otra buena razón es una parte importante de la vida diaria de la mayoría de las personas. De hecho, muchas personas consideran esta completamente innecesaria imposición de sufrimiento y muerte horrorosos como una tradición importante; algo que integra nuestro supuesto “excepcionalismo humano”.

Vivisección

Ahora imaginen que toman la postura de que el uso de animales en experimentos biomédicos es erróneo. Tal como argumenté, hay serios cuestionamientos en relación a la necesidad de la vivisección como cuestión empírica, y no hay ninguna justificación moral para la vivisección. Pero el público, de manera abrumadora, cree que la vivisección es importante para la salud humana.

¿Porqué razón las personas que piensan que es aceptable infligir sufrimiento y muerte a los animales por razones de placer, pensarían que hay algo moralmente erróneo en el uso de animales para un propósito que, de hecho, ellos consideran —equivocadamente, en mi opinión— que es necesario y beneficioso? ¿Porqué las personas que están dispuestas a llenar sus arterias con grasa animal porque les gusta el sabor de la comida animal, no estarían dispuestas a apoyar la matanza de más animales porque piensan —otra vez, erróneamente, en mi opinión— que las muertes adicionales resultarán en una cura para sus problemas de salud?

La respuesta es clara: ellos no lo pensarán. No pueden hacerlo.

Argumentar con las personas que comen productos animales que la vivisección es moralmente errónea es como argumentar a los fanáticos de los autos clásicos que manejar por una razón importante es moralmente incorrecto. Estos fanáticos piensan que manejar por una razón trivial de placer simplemente está bien. ¿Por qué pensarían que hay algo erróneo en el hecho de manejar hacia el consultorio del médico para un chequeo médico o hacia la sala de emergencias? Y si ellos aceptaran que manejar por una razón importante es algo erróneo, su preciada actividad estaría en serio riesgo, como cuestión en general.

Ésta es la razón por la que, a pesar de los 200 años de campañas contra la vivisección, la práctica no sólo continúa sino que el número de animales usados en experimentos biomédicos, de hecho, está aumentando.

Otras campañas de un solo tema

Consideren ahora las campañas de un solo tema diferentes de las de la vivisección, tales como las campañas contra tipos particulares de caza deportiva, o las campañas contra el uso de animales salvajes en los circos, o las campañas contra las pieles. Estas campañas son análogas a seleccionar arbitrariamente un destino y decir a nuestros fanáticos de los autos clásicos que manejar hacia tal destino es erróneo o peor que manejar hacia otro destino. Ellos piensan que está bien manejar por placer, así que, ¿por qué pensarían que manejar hacia un destino seleccionado arbitrariamente es erróneo?

Otra vez, ellos no lo pensarán. No pueden hacerlo.

De manera similar, aquéllos que consumen productos animales piensan que es moralmente aceptable infligir sufrimiento y muerte a los animales por el placer del paladar y participan en este uso de los animales cada día, varias veces por día. ¿Por qué pensarían que cazar está mal, cuando ellos van al supermercado y compran productos elaborados con animales que han sufrido tanto, si no más, como los animales que son cazados? ¿Por qué pensarían que usar animales por otras razones triviales es moralmente inaceptable? Ellos comen animales por placer. Y van a los zoológicos y a las corridas de caballos, ¿por qué pensarían que los animales salvajes en los circos presentan un problema en particular? Ellos usan lana y cuero, los cuales representan una tremenda cantidad de sufrimiento animal. ¿Por qué tendrían un problema particular con las pieles?

Ésa es la razón por la que, a pesar de décadas de campañas de un solo tema contra la caza, el “deporte” persiste; ésa es la razón por la que la campaña de un solo tema que ha existido por más tiempo en la historia de la defensa animal —la campaña contra las pieles— ha sido un absoluto fracaso. Aunque tales campañas puedan generar algún interés, la realidad es que ellas deben en última instancia fracasar en una cultura que considera el consumo de animales para comida como aceptable.

Mientras vivamos en una cultura que no cuestiona el uso de animales para comida —otra vez, no sólo el trato de los animales sino el uso de los animales— las personas en general nunca van a adoptar las campañas de un solo tema de una manera masiva. La mayoría de las personas verán a estas campañas como arbitrarias. La mayoría de las personas reconocerán que los usos de los animales que son el objetivo de las campañas de un solo tema no son peores que los usos que ellos consideran como aceptables. Y ellos están dispuestos a involucrarse en la explotación innecesaria cada día de sus vidas; ¿por qué tendrían algún problema con otro uso de los animales que también es innecesario?

Recientemente, conversé con alguien que estaba involucrado en una campaña contra la caza en un parque determinado. Se apartó de su campaña y me explicó que decidió que lo que los cazadores estaban haciendo no difería de lo que él estaba haciendo al comprar y comer carne proveniente de su supermercado local y, dado que ciertamente no iba a dejar de hacerlo, no podía ver la lógica de oponerse a la caza.

Y, por supuesto, estaba acertado. Cazar es una actividad espantosa y es muy perturbador que cualquiera, de hecho, disfrute matando a un ciervo o a un conejo. Pero, ¿cuál es la diferencia entre comer animales que son cazados y aquellos cuyos cuerpos son adquiridos en un negocio? La respuesta es que no hay diferencia. Ciertamente, el animal cuyo cuerpo fue adquirido en el negocio puede, de hecho, haber tenido una vida y una muerte peor –incluso si el animal fue un animal criado “feliz” en una granja “feliz” y asesinado en un matadero diseñado por Temple Grandin– que el animal que fue cazado.

Estuve conversando con otra persona que estuvo involucrada por años en una campaña para detener la matanza de focas. Ella se apartó de esa campaña porque decidió que no había realmente diferencia entre la piel de las focas y la piel, la lana o el pelo de ningún otro animal y, dado que ella no iba a dejar de usar a todos los animales para vestirse, la campaña por las focas estaba verdaderamente sólo basada en el hecho de que los grupos animalistas podían sacar partido del hecho de que las focas eran adorablemente bonitas, y que eso verdaderamente no era una buena base para una posición moral.

Y, por supuesto, ella estaba en lo cierto. La piel de las focas no es diferente de la de ninguna otra clase de piel y la piel no es diferente de la lana o el cuero. Todas son terribles y nosotros no deberíamos usar ninguna prenda proveniente de animales. Simplemente no es necesario. Pero entonces, tampoco deberíamos comer peces, lácteos, huevos, etc. Y mientras pensemos que comer animales es aceptable, cuestionar otros usos innecesarios, o caracterizar una clase de uso como peor que otro uso, aparecerá como algo arbitrario porque es arbitrario.

En 2007, escribí un artículo de opinión para un diario, el cual fue publicado nuevamente en el 2009, argumentando que las peleas de perros de Michael Vick no eran, como cuestión moral, diferente de nuestro consumo de productos animales. Recibí literalmente miles de respuestas a ese artículo. Muchas personas concuerdan con mi posición; muchas personas han dicho que el artículo los incitó a pensar acerca del veganismo; muchas dijeron que se tornaron veganas después de pensar respecto de mi argumento. Pero ninguna —ninguna— de las que no estuvieron de acuerdo con mi posición fueron capaces de decir porqué lo que Vick hizo era peor que lo que hacemos el resto de nosotros. Eso es porque no hay un modo coherente de distinguir lo que hizo Vick de lo que hacen todos los demás.

En el 2009, cuando Vick salió de la cárcel y firmó con Philadelphia Eagles, hablé con un hombre que me dijo que, aunque era un gran admirador de Eagles y continuaría yendo a los partidos, él nunca podría disfrutar viendo a Vick jugar, debido al tema de las peleas de perros. Le pregunté si él comía panchos y hamburguesas cuando asistía a los partidos de fútbol. Dijo “sí.” Le señalé que los animales usados para hacer los productos que él disfrutaba tuvieron vidas y muertes peores que los perros de Vick.

Él no tuvo una respuesta. Eso es porque no hay ninguna respuesta.

Conclusión

La base es clara: a menos que y hasta que consigamos que las personas se cuestionen y rechacen su diario y completamente innecesario consumo de animales, no tendremos éxito en conseguir que se opongan seriamente al uso de los animales que ellos consideran como necesario o no trivial, como la vivisección, u otro uso innecesario que ellos, con bastante corrección, consideran elegido arbitrariamente por los defensores de los animales, y al que no lo ven peor que los usos que ellos mismos apoyan y con los que se involucran cada día de sus vidas.

El veganismo debe ser la base si vamos a tener cualquier esperanza de cambiar el paradigma del uso de los animales como cosas hacia el de los animales como personas no humanas.

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Si no son veganos, háganse veganos; es mejor para su salud y para el planeta. Pero, lo más importante, es lo moralmente correcto para hacer. Nunca harán nada más fácil y satisfactorio en sus vidas.



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